Un experimento de voz. Cuando la narrativa coquetea con la ciencia.

“Todo se resume en los giros, esos que inician de derecha a izquierda, pero que una vez el hula hula ha alcanzado velocidad no se puede distinguir después de un tiempo para donde va” decía Loreta intrusiva en la conversación de dos almas viejas mientras intentaban entender el circulo infinito de Henry Miller en los trópicos.

Estas dos almas, llamémoslas Silvana y Extraño, diversificaban sus saberes entre miradas sollozas y perdidos fruncimientos ceños, se mordisquean la pituitaria esperando que la hipófisis les explote algo nuevo, quizás de ese tipo de información que no se aprende en los libros. Loreta retoma “sabes que el universo esta diseñado en espiral, así como el ADN, la generación prozac y viagra, el deseo y la depresión tienen un mismo punto concéntrico”. El Extraño, como si saliera de un trance se acerca a Loreta, deja a un lado un rollito de chocolate cubierto de DMT y clava su mirada en un espacio entre el mentón y la nariz, Loreta recíprocamente mira… no sabe que mira. Lo observa simplemente porque olvido mirar. Desde esa ocasión en la que sus padres tenían un fogoso encuentro pasional en su cuarto ella se castiga a sí misma, hasta el día de hoy, ese viejo acto boyer la marcó de tal manera que no se permite desear por medio de sus ojos.

El Extraño, posa sus manos sobre los cachetes de Loreta y fuerza su cerviz hacia la de él. Esa tangencial posición hace que los senos y cosenos se entre crucen. Loreta intenta ser dueña de sí misma, pero se pierde en el intento, intento que el Extraño alcanzo a capitalizar haciendo que la inversión de tiempo y palabras no sumarán cero. El Extraño sopla entre esa diminuta abertura entre los labios transgredidos por el frio de las madrugadas, reduciendo su distancia, salivando otra carne. Silvana se hace notoria, se autoinvita a participar de tan baboso acto de triosculación.

Dos cuerpos, no pueden ocupar un mismo espacio. Desafiando la física, la metafísica cree que sí. Tres lenguajes con sus papilas palpitantes y recelosas compiten por dominar desde el sistema nervioso todo un cuerpo con un diminuto músculo, que hace lo suyo involuntariamente, el magnetismo de los polos desplaza en un natural “cuello de botella” al más débil, al faltante de pasión, al mejor observador, lo deja para que observe. El Extraño se sustrae de la operación y se simplifica entendiendo que es un común denominador, su mirada vacía observa esos dos bellos prototipos de la naturaleza en un esfuerzo darwiniano por no cederle el control al otro. El amor, la vida, los números y la naturaleza son una lucha sin cuartel.

El Extraño sujeta su ropa y se deriva hacía un limite infinito, Loreta y Silvana brillan en distintas saturaciones de lilas y mangentas, como si se fusionarán en un viaje en ácidos se convierten en mándalas que recuerdan que las putrefactas carnes que manosean no son nada comparado a sus pensamientos, y vertiginosas emociones que liberan en ese instante. Se aman y liberan oxitocina sumando uno, siendo dos.

El Extraño, entre tanto termina de hacer que cada costura de su ropa colinde incongruentemente con cada una de sus articulaciones, detalla con intensidad como ellas continúan amándose, saca de su bolsillo derecho un vicio solitario y caro, un Macallan que acompaña prendiendo un cigarrillo, fuego en los pulmones fatigados del jadeo y fuego en los pulmones fatigados de andar sin camino hacia la perdición.

No hay mal que dure mil años, no hay cuerpo que lo resista, ellas acaban el narcisista acto, se incorporan frente al Extraño y como señoritas de la alta sociedad de cardiología se hacen perfusión la una con la otra. Loreta, tímida, pero sin vergüenza, se pone sus Dr. Martin y sin desdén toma un cigarrillo de la cajetilla del Extraño sin pedirlo. Silvana, vertida sobre una almohada con muchos humores se ríe de los chistes que le cuenta Loreta entre sabanas, ella con la mirada fija y nadadista toma un residual trago de una fiesta que se dio en otro tiempo, por un instante recuerda un pasado mejor. Todos incrustados en el interpersonalismo y estupefactos de su limítrofe actitud suspiran al mismo tiempo a las 11:11 a.m.

“Se acabo el alcohol, se me acabo la inspiración por hoy” dice el Extraño rindiéndose a espaldas de las chicas y de frente a una página en blanco, abraza la procrastinación, dejando el papel con un par de palabras y las chicas en el tintero. El alcohol ha apaciguado sus glóbulos rojos y las plaquetas blancas han ocasionado que el ciclo del sueño se cierre en espiral más temprano de lo pactado con el destino. La noche se hizo para vivirla y el día para dormirlo.

…zzz…

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