Onfalocele: el origen de juan sin ombligo

Una amiga me dijo que otro contaría mi historia, pero quise dejarle pistas.

Esta empezó antes que se contara, un puñado de átomos en el líquido amniótico flotaba. Fue en una mañana como cualquier otra en el año ochenta y siete a los veintisiete días de diciembre, mi madre creía que su día sería ir a un bautismo, pero ella rompió fuente antes de poder ver el agua bendita. Mi papá ya me tenía nombre, pero la vida le enseñaría que no se puede nombrar a quien ya otro destino tenía marcado.

Puja. Puja. Puja. La enfermera decía, era la hora, era el día. 

Eran las 11 y 11 de la mañana. Se abre el portal.

Puja. Puja. Puja. La enfermera decía, era la hora, era el día.
¿En qué momento entra el alma a su nuevo cuerpo?

Silencio en la sala, señora y señores, se abre el telón, y en donde antes habían unas 5 libras de carne y hueso, ahora solo queda el vacío de una renta no paga durante nueve meses. El llanto tardó en romper el sonido de ese Bip,Bip,Bip, que señala el pulso y la angustia empezó a derramarse al subestimar el poder de la tradición, esa que dice que un bebé recién nacido debe ir directo al seno de una madre. Yo fui al quirófano.

Mi padre fue el primero en verme luchando en una incubadora, aferrándose a la idea de no perderme le dijo al médico “haga lo que esté a su alcance que mi amigo el de arriba hará lo que falte”. Onfalocele fue el veredicto, una palabra que hasta ahora escuchaban era la culpable de que entre la vida y la muerte yo me encontrará. No pude probar la leche materna, pero no hubo lugar en mi cuerpo donde no hubiera una manguera, hasta en una ocasión regañaron a una enfermera por usar mi frente para poder colocar un catéter.

Abrir. Cerrar. Abrir. Cerrar. Fue la rutina, había nacido sin piel en el abdomen y de una o de otra manera había que lograr contener las tripas en su lugar, porque con ellas se escaparía mi alma si encontraran la salida. Mi madre no dormía, mi padre de rodillas. Mi abuela se hacía a la idea de que quizá un ataúd necesitarían.

Abrir. Cerrar. Abrir. Cerrar. Fue la rutina, hasta que después de tantos altibajos los órganos por la gracia de Dios y su divina providencia su lugar encontrarían. El peligro aparentemente pasaría, mas mi papá con un pacto se quería percatar, y le prometió a su amigo de arriba que si me daban de alta a él su vida entregaría. 

Abrir. Cerrar. Abrir. Cerrar. Mi primer lección de vida fue aprender a diferenciar los bultos de imágenes que veía, todos mis tíos me decían que el mundo me comería, y ya ven ustedes, quién lo imaginaría, llegué a casa de mi abuela balbuceando verdades del universo que nadie comprendía.

Lo que pareció una decisión estética marcaría toda mi vida, aunque no existieron efectos secundarios adversos, el efecto primario de haber quedado como un muñeco remendado y sin ombligo me hacía parecer un recién llegado de la guerra, una que parecía haberse librado antes de mi tiempo dejando cicatrices en este, pero qué sabía yo, si lo que me quedaba por delante eran años para luchar más batallas e inventar más historias.

Inventé que había sido bebé probeta, también fui promotor de la cigüeña, cuando vi E.T. en la pantalla gigante lo sentí como un pariente lejano, y en clase de ciencias me pregunté si  dolly habría sido un chivo expiatorio en vez de oveja, y quizás yo era un clon de otro yo con mejor apariencia. Al llegar la adolescencia todo sentido de pertenencia se volvió vergüenza, la camiseta en la piscina, las excusas médicas para no hacer educación física y la autoestima camaleónica que se antojaba de cualquier cultura urbana, convirtiéndome en lo que el argot del momento llamaban “lámpara”, por cambiar de filosofía de vida cada vez que volvíamos de vacaciones. Pasadas las quince primaveras de la mayoría de mis amigas entré en la madriguera del conejo sin cordón umbilical que me sostuviera, navegué entre ideas, historias y películas de las cuales a imagen y semejanza me sentía, mi identidad era ser todos, porque quería que todos fueran yo, y supieran lo que era vivir sin ombligo y desconectado del ruido.

El miedo lo sentía a flor de piel porque no tenía tantas capas epidérmicas en el abdomen que me protegieran como a los otros, me encerraba en mi mente para el dolor de mi vientre esquivar, y por más que lo intente evadir, otra vez, al quirófano fui a parar. Esa vez me despedí, estaba cansado y pensaba  “¿cuántas veces más esto se va a repetir?, quería descansar, pero un par de horas más tarde había vuelto en sí y seguía en el mismo lugar. Parecía ser el mismo, pero mi alma había cambiado. Uno va cambiando cada vez que muere.

No sé le puede nombrar a lo que ya viene con un destino. Sigo, vivo, no me cuido como debería quizás diga el médico. Sigo, vivo, esta bien, a veces me cuido cuando siento alguna picada en el estómago. Sigo, vivo, dicen que la vida es un regalo, quizás sea verdad, la mía vino sin moño, y si me preguntan, me da ya igual… todos los días es una sorpresa lo que encuentro cuando hacia el interior del empaque veo. Un par de meses después de nuevamente cicatrizar tuve una crisis, los estudiosos la llaman “crisis de cuarto de siglo”, mi psicóloga me recomendó escribir, así es que empecé a escribir, recuerdo me dijo que era una persona muy ocurrente, y que me cuidara de no creerme el ombligo del mundo, sino guardaría mucha mugre, que sacara de mi cabeza todas esas ideas a puño y letra. Nunca me gustó mi letra, así que lo hice en el pc, y ya ven, al principio lo hacía muy mal. Ahora, después de cuatro libros escritos, dos de ellos publicados, estoy seguro que ya voy aprendiendo eso de ser humano, uno que cuenta historias extrañas, en su mayoría. ¿Pero la vida acaso no es extraña?

La verdad no sabía que estaba escribiendo hasta este momento, es mi presentación en este grupo de apoyo imaginario para quienes no tienen ombligo, y así termina: Soy Juan y no tengo ombligo, pero sí muchas historias, ya que tengo consciencia de mi existencia desde antes que mi lengua se moviera. 

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