Un “lugar común” entre mar y tierra

ENTRE MAR Y TIERRA

El olor a humedad después de una noche de rocío, mezclado con el olor a café es perfecto para recibir la alborada. El mar no está picado y el cebo listo para el anzuelo. Cuando llega la subienda salen los pescadores al río y al mar, esperanzados en que el día tendrá buena recompensa por la labor. Yo ya había dejado de esperar cosas buenas. Salí con el estómago vacío, el viejo morral con estampado de “Barrigón Varela” y mi caña de pescar. Tras caminar bajo palos de mango y palmeras de coco, sintiendo la arena rayar mis pies y el sonido del mar llamándome, ahí estaba ella, mi compañera de marea alta y baja, mi chalupa. Dejo la maleta y caña dentro de ella, apoyo mis rodillas y codos sobre la arena tibia pidiendo a Dios me traiga algo grande que me llene. No solo tengo el estómago vacío.

Suelto las amarras y prendo el motor al zarpar, solo transcurren unos minutos y llego al área de pesca. Se debe estar en paz con uno mismo para poder estar quieto dentro y fuera. Solo muevo el anzuelo expectante y me dejo llevar por la marea. Aún sin salir el sol en el mar pareciera estarse librando una tormenta eléctrica en sus profundidades, brilla cósmica y escalofriantemente. Sin previo aviso se mueve la chalupa y decido girar para volver, de repente veo una gran cola de pez. Apuntó con la linterna y se rompe el silencio con un cántico jamás escuchado. Giro a estribor y ella aparece, tan natural-mente, descansando sus brazos sobre el lado izquierdo de la chalupa y me dice “vendrán por mí”; prendo el motor y aprovechando el impulso la subo a mi chalupa, al mirar hacia adentro le grito “eres un pez” ella responde “técnicamente, soy una sirena”,  la miro aterrado y digo “puedo pedir un deseo”, ella entre risas dice “no soy ni duende, ni hada, ni genio. Soy sirena”. Llegamos a la orilla.

Al bajarme me temblaban las piernas que ella no tenía. Le pregunté “¿Te alzo?” Ella me responde “yo puedo caminar”, sin prevención le pregunto “¿cómo haces para que te salgan piernas?”, Mirándome fijamente a los labios me dice: “bésame”, sin pensarlo lo hago (siento el sabor salado de frutos de mar); ese beso junto con el resplandor del amanecer hacen caer sus escamas mostrando sus piernas color ébano. Me toma de la mano y caminamos por la playa. Parece feliz, mas de repente, empieza a llorar tras ver unos peces colgados en una caseta y me dice: “mi prima se equivocó, si besamos al indicado tomamos su misma forma, de humano a humano o de pez a pez, pero cuando nos equivocamos tomamos forma contraria, y por lo general terminamos colgadas como peces en casetas”; ella suspira y me abraza mientras piensa: “las sirenas nos enamoramos de quienes podrían ser nuestros inquisidores”. Siento como si de alguna manera la hubiera librado de ese fatídico lugar.

Subimos la Sierra con el sol encima como testigo y fisgón. Entre sombras y el resplandor llegamos a un destino oculto donde solo ella podía llegar: una concha, una madre mar gigante se abre ante nosotros y entramos en ella. Dentro de ella me dice “solo puedo estar una Luna por fuera ha no ser que nuestro amor sea consumado”. Era mi primera vez, la primera vez de ella. El olor a pescado se impregnó en cada poro de nuestra piel, ella parecía traer toda la fluidez e ímpetu de las olas del mar; yo en cambio me mantuve tan firme como la tierra; ella estaba en todas las partes de mi cuerpo a la vez mientras yo intentaba entender dónde empezaba y terminaba el de ella. El mar y la tierra por un instante fueron uno.

Al abrirse la concha cayó el sol, baje con ella a la playa,  y le enseñé a bailar y a mover sus piernas (bailamos ‘el amor de mi tierra’ una y otra vez toda la noche). Al amanecer no la vi a mi lado, no la vi en el mar, no estaba en mi chalupa, pero estaba en mi corazón y nunca saldría de ahí. Al resignarme y regresar a casa, cada elemento de la naturaleza me recordaba su belleza y cada paso el vacío de su ausencia. Abrí la puerta recorriendo con mirada evasiva la sala y el comedor, pasé por mi habitación y escuché un salpicar de agua en el baño. Al dirigirme hacia el sonido, ella estaba en una tina improvisada sonriéndome. Sabía que no era un produc-to de mi imaginación.

Ahora entiendo aquellos viejos, en muelles olvidados y en chalupas gastadas, esperando. Ella, por obvias razones, no se quedó acá, no se sentía en casa. Ahora la espero en ese lugar que tenemos en común entre el mar y la tierra.

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