EL EXTRAÑO CASO DE AMOR VISCERAL DEL SEÑOR PATRICIO

En las salas de espera del hospital Saint Claire, al señor Patricio siempre se le ve observando a su alrededor. Contemplando la salida de emergencia, empieza por mirar si el sitio tiene los letreros de prohibido fumar o mantener la calma en caso de incendios; en la habitación donde está no se encuentra nada de esto. Sigue al consultorio y conserva la calma mientras el doctor lee la historia clínica en ese viejo computador.

—Entiendo que viene por una gastroenteritis aguda con reflujo constante —le dice el doctor.

—Doctor, tengo un vómito anormal —responde, sospechoso.

Mientras tanto, el doctor hace los exámenes de rigor: linterna en ojos, espátula en lengua, martillito en rodillas; le cuestiona:

— ¿Qué es eso tan raro que tiene su vómito? ¿Sangre? ¿Algún color o elemento espeso?

Él sonríe y advierte.

—Está por verlo.

Empieza a sudar frío; después, movimientos involunta-rios en todo su cuerpo lo hacen temblar desde las manos hasta los pies y cada poro de la piel parece estar por estallar. Sufre contracciones como si estuviera en estado de embarazo y su vientre se infla cual bomba de goma escalando por su pecho, sus ojos se tornan blancos y escurren lágrimas de ellos; es cuando su cuello se hincha y su boca empieza a botar una gran baba blanca. El doctor abre la puerta y llama a gritos al personal de urgencias. Al voltear la mirada ve al señor Patricio en posición fetal, sobándose el estómago al lado de un una silla benedictina del siglo XVI.

—Doctor Barrentón, vomito recuerdos —le dice.

El doctor le prescribe una fórmula con unas pastillas.

—Tome tres cada cuatro horas.

—¿Esto hará que paren los vómitos? —pregunta, agradecido. Asombrado, el doctor aclara.

—¡No! ¿Cómo cree? Solo le permitirán suavizar la salida de sus recuerdos, para esto no tenemos remedio.

***

Caminaba y sentía que cargaba no sólo con mi peso sino con el de toda la presión atmosférica. No había nada en el instante que me aliviara, contaba los pasos para concentrar mi mente en otra cosa pero el tedio se hacía un eterno instante.

Estaba claro que el del problema era sólo yo, a mi lado los crios jugaban a mojarse entre sí con cualquier cosa que pudiera contener agua. Las mujeres caminaban con vestidos vaporosos pegados a la figura propia de su geografía, alegrando los ojos de los hombres.

***

El señor Patricio llega a su casa, llena de recuerdos, saluda a su único amigo, su perro, llamado Amor (como recuerdo de lo que va y viene en su vida); toma su libreta de apuntes y va camino al bus. Sube, se ubica en un lugar ni tan atrás ni tan delante, al lado de dos pescadores que llevan pescado en cajas de icopor. Observa a una mujer que se sube con aspecto dejado, ropas viejas con motas y en su cabeza una flor rojo carmesí; no había terminado de contemplarla cuando los dos pescadores le interrumpen su contemplación.

—Ella es la vengadora de rosas.

—¿Perdón? —pregunta, ensimismado.

Uno de los pescadores insiste en sostener la conver-sación.

—Sí, le llaman así a la mujer que se subió, es una vieja un tanto loca. Dicen que era profesora de horticultura a quien su familia la abandonó por su obsesión por las rosas, no deja que la gente las arranque. Ella se baja del  bus.

***

Es distinto ser turista a residente. Mas quisiera aún creer que mi vida es un paseo, pero pensar pesado y con alto índice de humedad es como nadar con ropa. Se avanza poco.

En lugares como este el despertar cuesta el doble que en otros. Acá el ocaso trae consigo el ritmo de la músia  grabada en la cabeza mientras se viajaba en el bus de la mañana. El ritmo se fija entre los huesos y reclama movimiento entre los cuerpos cargados con todo un día de trabajo.

***

En la calle la vengadora de rosas ve a un “Chico” arrancando rosas y va tras él hacia un risco, lo ve  alimentando a un burro con las rosas. Desconcertada (no esperaba que las usara para eso) empieza a volver por el mismo rumbo por donde subió mientras le advierten los vecinos:

—Cuidado con el burro asesino, ya ha mandado a más de uno por el risco.

Ella baja rápido y termina en el parque central; se sienta para dejar morir el sol en el mar. De regreso a su casa ve al señor Patricio sentado en una banca, escribiendo en su libreta de notas. Ella no puede dejar de mirarlo pero intenta disimular. Él descubre su presencia y buscando llamar su atención, arranca la hoja donde escribía y la arruga aventándosela. Ella se sienta al lado de él, sin más.

—¿Por qué me arrojas eso? — pregunta la vengadora de rosas, cuestionando su comportamiento.

—No puedo darte rosas,  intento tocarte con palabras en un papel — le responde con un tono coqueto.

Después de limar asperezas y conversar de sus enfermizas vidas, optan por entenderse a sí mismos.

***

La noche no es para dormir, es para soñar, soñar con los ojos abiertos. Ya no hay riesgo de que  crios te mojen, estos duermen mojando sus camas. Los ojos de los hombres se agudizan y, cual pescadores, se van detrás de las sirenas que escapan del mar. Las mujeres cambian los vestidos por ropas más ligeras, brillantes y, sin falta, suenan los tacones.

En el camino de regreso vuelve a sonar esa particular canción del momento pero ahora cobra total significado, se convierte en la banda sonora de una película de ruta y mi cabeza es la cámara. Paneo para todos lados sorprendido por tan contrastante paisaje. Unos ríen esperando que la fiesta empiece,  otros duermen deseando llegar a sus casas y dejar las sillas duras del bus por almohadas que esconden secretos.

***

Ambos deciden andar de la mano hacia la casa de los recuerdos. En la pendiente se empiezan a escuchar los ladridos de Amor. El señor Patricio inicia la conversación rompiendo el hielo.

—Vomito recuerdos —le dice.

Ella responde, condescendiente y evasiva:

—Creo que soy la escogida por la naturaleza para mantener a las rosas en su  lugar.

Desconcertado como ella con el vómito, hace un sonido de no entender.

Entonces él le explica su patológia.

—Creo que todo empezó cuando empecé a comerme las cosas que debía decirle a mi familia. Prometo no hacer lo mismo contigo, te diré todo lo que siento y pienso. Para probártelo veamos… No me gustan tus colitas tipo Chilindrina, pero esas gafas te dan un toque de intelectualidad y me parece sexy.

Ella, continuando con tan fría sinceridad, dice:

—Me gusta cómo relacionan la virginidad con las rosas y con el aparato reproductor femenino; soy virgen y no me quiero morir como tal.

—Eres hermosa, no morirás virgen —dice él, persuasivo—, es más, si por mí fuera, no saldrías de esta casa hoy en ese estado. Además, ya estamos en edad, somos viejos.

Ella, asombrada, le cuestiona:—¿Quieres que hagamos el amor?

Juntos vuelven a oír los ladridos de Amor.

***

Desde la ventana,  la vida de la ciudad muta y va trans-formando sus prioridades. Los conjuntos de edificios cambian por casas de colores a lado y lado de la calle, casas con amplios garajes y habitantes en mecedoras esperando el rumor vecino o una invitación a unas frías escudándose en el pasatiempo favorito: Dominó.

Giros. Semáforos. Giros y donde parecía habitar gente ahora habita el hambre, carritos de comida para todos los gustos invaden las aceras. El sonido de grillos y pájaros nocturnos se mezcla con los picós en cada esquina, es ensordecedor e imposible escuchar allí la voz interior, por lo que el lugar, en compañía de licor, puede tornarse peligroso por sí sólo.

La ruta llega al punto de cobro, como si se acolitara la pereza, el conductor envía su emisario a cobrar porque desconfía del que logra,  en medio del tumulto, tener un viaje pasando desapercibido. A poco del destino el olor a sal llega junto al espeso verde,  a medida que se avanza se suelta el peso obligante hasta desaparecer y sentirse nuevamente parte del hedonista paisaje.

***

Él sale rápidamente y visualiza que su perro ladra a otro cuadrúpedo grande oculto tras la sombra, mientras destroza su jardín de rosas. Corre hacia Amor y lo toma por el cuello para ponerle una correa improvisada.

—¿Otra vez tú? —dice ella, reconociendo al burro.

Sigue a la bestia que empieza a trepar el risco. Ella, poseída por la ira, corre tras él lanzándole troncos y piedras encontrados a su paso. El señor Patricio deja libre a Amor e intenta subir por la carretera del otro lado para encontrarse con el burro y la vengadora de rosas de frente. De repente siente un silencio sepulcral, silencio que no dura más de cinco segundos. Es entonces cuando se escucha, en la vía, totear el cuerpo de la vengadora de rosas, esparciendo sus pétalos en todos lados. Él gira su mirada hacia el risco y ve al burro con mirada de asesino. Siente el sudor frío al verla impávida e inmóvil; la sensación en el vientre y las ganas de vomitar en esta ocasión no se hacen tan agresivas. Nuevamente en posición fetal, vomita rosas.

Unos meses después de pasar el duelo y con nuevos síntomas decide asistir al consultorio. El doctor Barrentón le indaga.

— ¿Cómo vamos con esos episodios de vómito? A lo que responde, resignado:

—Ahora solo vomito rosas. El doctor le tranquiliza.

—Eso es bueno, ya que es menos doloroso y desga-rrador.

—No diría eso —dice, preocupado—, ya que en realidad quiero dejar de pensar en ella, quiero olvidarla.

—No me lo está preguntando, pero ¿sabe qué haría en su lugar? — Sugiere el doctor—. Traería buenos recuer-dos para ver qué ocurre, es más, se los prescribo. Traiga buenos recuerdos a su memoria.

Al salir del consultorio piensa: “¿Todos esos títulos en la pared y me dice eso?”. Cierra la puerta con decepción.

Ya en la casa de los recuerdos, al caer la noche alista su cama para dormir, no sin antes vomitar rosas. Se calma tomando su medicamento y piensa en la prescripción del doctor; decide traer su mejor recuerdo: aquella vez cuando tuvo sexo con la vengadora.

***

Aparece un nuevo frescor envolviendo los deseos del corazón e invitando al barullo del mar a danzar con la brisa y la arena, invadiendo espacios del cuerpo que después serán incómodos de limpiar. El ritmo de la noche te seduce con tambores y gaitas no ejecutadas por hombres.

Ya en casa,  bajo el golpe del abanico y después de una ducha, abro ese libro que me recuerda estar aquí y por qué lo estoy. Leo en el: “…tus ojos son como lumbreras que resaltan en lo oscuro del firmamento como tu piel. Tu sonrisa como elixir que me transporta a lugares no aptos para mortales. Tu figura moldeada por las manos del mismísimo creador te pone por encima de cualquiera de sus obras. Tu cabello guarda secretos ancestrales del amor que nadie ha conocido. Tu hermosura exterior es reflejo de tan sólo la décima parte de lo bello de tu interior.” Estoy acá para encontrarte sin buscarte, para que el bus me lleve a puerto seguro.

***

Al instante empieza a sudar frío, tiembla como nunca, hace una fiebre terrible, siente que su cavidad estomacal va a explotar, siente que su cuello se ha convertido en un viaducto y sus ojos intentan estabilizar su mirada para observar lo que sale de su boca, ve salir una mano y por  la impresión se  desmaya. Al despertar en posición fetal, como de costumbre, detrás de él le abraza la vengadora de rosas.

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